Iyo Nando

Iyo Nando, habrá que empezar esto de una puñetera vez, ¿no?

Tanto blog, tanta leche, y no escribimos ná. ¿No hay nada que te preocupe? ¿Que te indigne?

Cuéntemelo usted, y yo le expondré mi punto de vista con gusto o disgusto, según el tema que estemos tocando en ese momento.

Pero no te indignes todavía, joven amigo. No te haré la perrería de obligarte a romper el hielo con un tema que tu enferma y atareada cabeza se vea obligada a parir, cual rinoceronte de mentira diese a luz en su momento a Ace Ventura: detective de mascotas (2).

El caso es que llevo días dándole vueltas al tema sobre el que debería versar éste nuestro primer post, del que esperemos sea una larga lista de sandeces delirantes entre las que encontrar una instantánea pero fulminante gota de sabiduría, como la lenteja que hallas en el fondo de la taza del water junto al resto de deposiciones, intacta, como la viste en el plato en su momento, y antes de tirar de la cadena te detienes un instante a mirarla y la homenajeas murmurando: "tiene mérito que, tras tan largo viaje por mi ser, estés aún intacta, pequeña lenteja".
Y esto nos lleva a la primera reflexión que quisiera compartir con vuesa merced:

¿Existe, querido Fernando, una parábola mejor para reflejar lo que es la vida? ¿Seremos nosotros capaces de, al igual que esa valiente e incorrupta lenteja, llegar al final de nuestros días conservando nuestra esencia propia, nuestra naturaleza, sin sucumbir a los golpes moldeadores de la vida?

Con la esperanza de que tu reflexión sea sincera y optimista, y de que escribas algo al fin y al cabo, te expreso mi cariño y profunda admiración.

Refolín Cowboy

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